lunes, 8 de septiembre de 2008

Conectándome al mundo

Llega el veranito y claro, a uno lo último que le apetece es leer más periódicos enterándose de las tonterías que dicen. ¿Para qué? Si los del PP y el PSOE van a decir lo mismo que hace dos meses y dirán lo mismo dentro de otros dos... Además, todos estos, junto a sus amigos de la prensa del corazón se dan el piro en agosto, así que nos encontramos con unos medios de comunicación que intentan mantener el tipo en tiempo de vacas flacas esperando algún pelotazo y que todos volvamos a conectarnos. Por desgracia, lástima y desamparo de Dios, esto sucede... ¡¡¡Horror!!! (gritaría una abuelita que recorre las calles de cualquier pueblo) ¡¡¡Qué marróóón!!! (diría una joven pija de la Moraleja; atentos a la prolongación de la ó) ¡¡¡Qué Dios nos libre!!! (exclamaría una monjita de cualquier convento mientras se pregunta una y otra vez si ha dicho el nombre de su santo DIOS en vano, claro, que instantes después se dirigirá a la madre superiora y ella le asegura que es comprensible, ante semejante situación puedes cagarte en su hijo (Cristo) o en la madre que le parió (María para los amigos, la virgen para los amantes)].

Bueno, después de este recorrido social, podemos continuar con nuestro pequeño, curioso y amargo recuerdo informativo: los pelotazos. Una vez olfateados un par de telediarios te encuentras totalmente consternado por el puto accidente de Spanair y, de pronto, entre margaritas defiendes las consignas del posible nieto del tercer pasajero a la izquierda de la tercera fila empezando por la cola, quien desde el limbo exige justicia y la dimisión del secretario de Estado para la Unión Europea (seguro que no firmó algún papel).

Tras ojear un periódico de tu compañero de sombrilla en la abrasadora y abarrotada playa, te enteras de que un tal Neira (profesor muy reputado y conocidísimo en su casa y por algunos de sus vecinos) defendió a una pequeña mujer indefensa del cabrón maltratador de su novio, ¡y encima el muy cerdo se drogaba! No tardamos en conocer hasta el más pequeño detalle del suceso, sabemos que momentos antes una hoja, color verde-marrón, se tambaleaba levemente por una brisa marina procedente del Índico, según fuentes policiales.

Y ahora, en septiembre, vuelvo a las noticias serias: PP, crisis, PSOE, crisis, aborto, crisis, recuperar los muertos, crisis, Solbes, crisis, "suicidio asistido", crisis, pederastas, crisis, reforma del poder judicial, crisis... Adivina, adivinanza, ¿de qué se hablará el próximo verano?

viernes, 8 de agosto de 2008

jueves, 3 de julio de 2008

Para reflexionar hay que existir...

Escucho esta frase…

“Es un error creer que la felicidad solo nos la puede proporcionar las relaciones humanas”

Le doy la razón. Me auto compadezco. Quiero iniciar un cambio.

Escucho otra frase que proviene del mismo personaje…

“La felicidad solo es real cuando se comparte”

No sé en que dirección del camino estoy. Busco la unión entre ambas afirmaciones.

Decido finalmente que hoy soy una relación humana, una persona que vive a través de otras personas. Hoy no puedo encontrar esa unión, porque no sé dónde me encuentro.

martes, 1 de julio de 2008

Ausencia

Perdía hasta los más nobles propósitos. Era incapaz de continuar nada, de sentirse ilusionado por cosa alguna. Una tras otra, las nuevas y esperanzadoras empresas a las que con tanto ánimo se unía iban perdiendo interés. –Algo nuevo, necesito algo nuevo –se decía. No se daba cuenta o quizá sí de que llevaba haciendo lo mismo desde hacía demasiado tiempo. Desasosegado, entre un abandono y un nuevo comienzo se encontraba abatido, desilusionado, sin ganas de vivir, sin ganas de hacer nada. –Ah, que el mundo me lleve, bien poco me importa-. De repente, al poco tiempo… ¡sorpresa! Un descubrimiento, una revelación, lo que fuera, le hacía entrar en vereda. Entonces cambiaba, una sonrisa en el rostro acompañaba cada paso, cada intento, cada momento de febril y ensoñadora fascinación por su nueva aventura. Un fracaso, un pequeño desliz eran estimulantes. Le gustaba la adversidad, disfrutaba haciéndole frente cada vez que se presentaba la ocasión. Sin embargo, le gustaba tan poco triunfar como fracasar. El triunfo no estaba hecho para él, siempre buscaba un cómodo segundo o tercer puesto, algo sencillo pero con honor. Después de algún tiempo el interés comenzaba a decrecer. Los maravillosos planes que se había hecho, que había elaborado hasta el más mínimo detalle de pronto no tenían sentido. -¿Para qué?-. Todo le aburría mortalmente. Lo abandonaba.

Sin embargo, al tiempo de darse cuenta de su conducta, trató de cambiarla, de mantener la ilusión. Tras varios intentos, desistió, y cambió su estrategia. Ahora estaba dispuesto a estudiarla, pero no detenidamente: por etapas, sin orden lógico, en pequeñas reflexiones que le ayudaran a comprenderse. En uno de esos pensamientos una idea destacó. Si comparaba los distintos procesos de su corta existencia llegaba a la conclusión de que tarde o temprano, en casi todas las ocasiones, volvía a retomar aquello que había abandonado con idéntica ilusión, quizá recordando aquellos buenos momentos que le brindó hacía algún tiempo, y esperando recobrarlos en la medida de lo posible. Antes de que lo inevitable ocurriera de nuevo.

Esa es la razón.

miércoles, 7 de mayo de 2008

El auditorio estaba abarrotado

El auditorio estaba abarrotado. Se trataba de una amplia sala con butacas en semicírculo. Dos plantas. En el centro, dos sillas. Desperdigadas por todo el recinto, varias cámaras de televisión captaban todos los ángulos. Todo era correcto, encajaba en el orden natural de las cosas. Los estudiantes escuchaban con atención al entrevistado; un actor, quizá. Éste respondía audaz, unas veces; monótono, otras. Su discurso daba altibajos, mezclando la ironía, las anécdotas y las respuestas clásicas de rigor. Sin embargo, el auditorio estaba abarrotado. Todos escuchaban con atención, y, cada cierto tiempo, reían ante una gracia del presentador, o, excepcionalmente, del entrevistado.

Ella estaba sentada hacia un extremo del semicírculo de butacas. Por la posición de las sillas de los protagonistas de la escena, no conseguía ver el rostro del, quizá, actor. Pero sí del periodista. Alguna vez –reconoce- rió con los burdos chistes allí contados. Sí. Era una más. Trataba de establecer una sucesión lógica en los hechos relatados para entender lo que se estaba diciendo, no sin mucha dificultad. De hecho, más de una vez se llamó la atención a sí misma por dejar a su imaginación volar entre ciudades ajenas o paisajes exóticos, en lugar de aguzar los oídos como los demás. ¿Cómo los demás? ¿Y si nadie les estuviera escuchando? –pensaba. Sería gracioso. Mientras hablaban sobre las diferentes experiencias de tal persona, o el estilo cinematográfico de tal director, puede que ninguno de los allí presentes estuviese realmente tomando nota mental de lo dicho, y sí dejando volar su imaginación por algún recóndito lugar de Praga.

Quizá la pequeña referencia del bosque donde alguien realizó su primer corto, o donde más le impresionó trabajar pueda transportarnos a recónditos lugares. Extraños, desconocidos, misteriosos. Todos aquellos lugares en los que siempre nos habría gustado estar, pero nunca tuvimos tiempo ni ganas para alcanzarlos. Ella recordó un pequeño claro. Un pequeño claro que había sido su escondite más secreto, y que nunca había revelado a nadie. A estas alturas de la partida casi no recuerda donde se encuentra ese claro del bosque, ni siquiera, cuál es realmente el bosque donde se encuentra. ¿Habrá existido alguna vez tal bosque? Su lugar favorito, tantas veces visitado durante la infancia, ¿cómo puede haberse convertido en un mísero y vago recuerdo? Dudas… dudas. A lo mejor ni siquiera ha existido nunca.

Se abrió el turno de las preguntas. Los asistentes tuvieron por un instante plena libertad –toda la libertad que puede poseer el que se sabe respaldado por un medio de comunicación como la televisión- para atacar a conciencia al pobre desdichado; puesto entre la cámara y la pared.

Manos alzadas. Unas cuantas manos alzadas decoraron el auditorio en aquel momento. Hubo labios que emitieron preguntas sagaces, ingeniosas. Otros labios simplemente se limitaron a rebuznar en voz alta los comentarios que, antes, en susurros les habían reído sus compañeros. Preguntas. Preguntas. No sabe aún por qué fue. Por qué ella alzó la mano también. De nuevo se convirtió en una más; dejó de hacer absurdas referencias a Kafka, a viajes, a gente que se preocupa de otras cosas que no sean lo que va a comer hoy o con quién le gustaría follar el fin de semana. No obstante, su pregunta, que nació justo después de haber levantado impulsivamente la mano, guiada por el instinto de ovejismo descontrolado, le pareció genial. Absolutamente genial.

¡Dios! ¿Cómo no se le habría ocurrido antes?

El micro iba de unas manos a otras, primero a los que habían alzado la mano con mayor rapidez, y luego los demás. Cada uno, por turnos, tenía un pequeño momento de gloria al ser retransmitido por televisión. Ella pensó que tal vez una parte de los que preguntaban sólo lo hacían movidos por la fascinación absurda e irracional de aparecer ante cientos de miles de personas comentando sus insignificantes pareceres, pero por otro lado recuperó la ilusión de que quizá alguien estuviera por encima de todo eso y pensara en ese medio como método para alcanzar las conciencias de esos mismos cientos de miles de personas que antes escuchaban insignificantes pareceres, y quién sabe, imbuirles algún tipo de crítica o concienciación.

Pensó de nuevo en su brillante pregunta, mientras escuchaba a medias las respuestas del, quizá, actor. Se imaginó a sí misma vista por la televisión. Por internet. Se imaginó cómo la verían los demás y se arregló el pelo. Más tarde pensó en el tono que tendría su voz e interiormente empezó a ensayar la entonación, primero con acento grave, luego, haciendo largas pausas entre las palabras, como los políticos, finalmente, modificando el sonido de las palabras finales para modificar la cadencia. También imaginó la cara que pondría el pobre hombre. Sería brutal, incluso le disgustó que la enfocaran a ella en el momento de hacer la pregunta porque el rostro del entrevistado sería todo un dilema. ¿Cómo lograría encajar aquello? ¿Y, más aún, cómo lograría escapar?

Tuvo la alucinación de que por un momento el hombre se había quedado petrificado con su sagacidad sin límites, y, ante la presión de saberse escuchado por cientos de miles de oídos, no había sabido responder. Por tanto, después de unos incómodos segundos se levantaría de su butaca y saldría corriendo del improvisado plató, a la vez que, angustiados e incrédulos, los técnicos de vídeo grabarían la terrible huída. Huída quizá propiciada por una agudeza turbadora. Su agudeza.

Hizo tan fuerte la conexión entre pregunta y huída, entre pregunta y desesperación que acabó afectándole. A ella. Quién se lo iba a decir. Su imaginación rebelándose contra sí misma. Por tanto, los terribles efectos no tardaron en hacerse notar. El micro se acercaba peligrosamente. La técnico de sonido avanzaba a lo largo de su fila, micrófono en alto, buscándola. Avanzaba buscándola. A ella. A ella, que había sufrido una rebelión hasta entonces no conocida dentro de sí misma. No sabía lo que hacía. Ese micro se le presentaba tan inevitable como destructivo. Por fin, llegó. Mientras estiraba su brazo para recoger la causa de su perdición…

…se manifestó. Claro, reluciente. Radiante y turbador, el pensamiento. ¿Y si ahora se me olvida la pregunta?