lunes, 4 de febrero de 2008
Por el cine español
Cortometraje de animación ganador de los Goya: Tadeo Jones y el sótano maldito.
Lo mejor de los Goya: ganador de mejor actor protagonista, Alberto San Juan, agradeciendo su premio a la Conferencia Episcopal, para que no tarde su disolución.
Lo peor de los Goya: demasiado humor de Corbacho. ¿Qué paso con esos Goya de Animalario?
domingo, 3 de febrero de 2008
El relato más corto
"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."
El dinosaurio, Augusto Monterroso
La noche está tranquila,
pero sería una buena noche
para bajar a los políticos,
los militares y la policía
del burro.
Hacer saltar todas las cerraduras
-sí, también las del cerebro,
las de las cárceles-.
Entrar en los bancos
y quemar allí mismo todo el dinero del mundo
-como hicieron los abuelos
en Vía Layetana,
hace años,
firmemente convencidos
de haber pasado página a la Historia-.
Reunirse después en la plaza
para abolir los pronombres posesivos.
A ver quién da más
y quién pide menos.
Romper todas las cadenas
-también las invisibles
y las de oro-.
Hacer del hambre
y los ojos tristes un recuerdo del pasado.
En fin,
no olvides
hermosas cosas por hacer
en una noche tranquila
como ésta.
Piedra, corazón del mundo. (Antonio Orihuela)
sábado, 2 de febrero de 2008
Desconcierto
Cuando se abandona la lectura de un libro a la mitad, algo le ha ocurrido al libro. O al lector. Quizá a ambos. Cuando se abandona la vida a la mitad, algo le ha ocurrido a la vida. O a su usuario. Quizá a ambos. Durante una temporada fui vendedor de pisos. Lo mejor de aquel trabajo era visitar las casas vacías de cuyas virtudes tenías que convencer luego a tus clientes. Cada vez que introducía la llave en una puerta sentía una excitación semejante a la de abrir un libro. La lectura de una casa, incluso aunque esté amueblada, dura menos que la de una novela (jamás tuve la oportunidad de vender un castillo), aunque a veces más que la de un cuento. Por lo general, seguía el orden de lectura que proponía la disposición arquitectónica. Pero no siempre. En ocasiones caminaba a ciegas hasta el final del pasillo y recorría la casa al revés, como el que comienza una novela por el final. Me detenía mucho en los cuartos de baño, donde no era difícil encontrar restos curiosos de sus antiguos moradores: un peine torturado, un bote vacío de crema de manos, un cepillo de dientes con las púas aplastadas, una pestaña postiza...
De repente, un día comencé a dejar algunos pisos a medias. Al llegar al centro del pasillo era alcanzado por un desaliento mortal que me obligaba a dar la vuelta con el mismo gesto de derrota con el que decides abandonar en la página 100 una novela de 200. A veces el problema no era de la casa, ni de la novela, sino mío. La pérdida de interés por un piso que había comenzado a visitar con entusiasmo, o por un libro que había abierto con pasión, me sumía en la confusión. Lo peor, con todo, fue el descubrimiento de que puede ocurrir lo mismo con la vida. Un día, de súbito, ya no quieres abrir más puertas ni leer más capítulos. Y te mueres sin saber si la culpa fue tuya o de la puta vida. O de los dos.
De repente, un día comencé a dejar algunos pisos a medias. Al llegar al centro del pasillo era alcanzado por un desaliento mortal que me obligaba a dar la vuelta con el mismo gesto de derrota con el que decides abandonar en la página 100 una novela de 200. A veces el problema no era de la casa, ni de la novela, sino mío. La pérdida de interés por un piso que había comenzado a visitar con entusiasmo, o por un libro que había abierto con pasión, me sumía en la confusión. Lo peor, con todo, fue el descubrimiento de que puede ocurrir lo mismo con la vida. Un día, de súbito, ya no quieres abrir más puertas ni leer más capítulos. Y te mueres sin saber si la culpa fue tuya o de la puta vida. O de los dos.
Juan José Millás. (El País 01/02/08)
viernes, 1 de febrero de 2008
Los olvidados
En estos años difíciles,
veo la flor de mi generación
delante de las puertas cerradas.
Florecen, a cambio, las ideas muertas,
y los hombres no son sino sombras de hombres.
Éste
es mi tiempo.
veo la flor de mi generación
delante de las puertas cerradas.
Florecen, a cambio, las ideas muertas,
y los hombres no son sino sombras de hombres.
Éste
es mi tiempo.
Cada vez veo más gente
con una venda
puesta en los ojos.
Incluso he visto gente que,
habiéndosele movido un poco,
se la vuelve a colocar correctamente.
Vivo en un mundo de gente encorvada,
pero nadie lo nota
porque todos viven de erguirse sobre alguien.
Vivo con gente que apaga la luz a las doce
y se marchita arrancando hojas al calendario,
pero se consuelan con otros
que ni siquiera saben
si estarán vivos al día siguiente.
Vivo rodeado de gente con sed,
mordiéndose constantemente los labios,
pero sólo cuando ya han comido.
Vivo subido a las palabras,
porque en ningún otro sitio
he encontrado casa.
con una venda
puesta en los ojos.
Incluso he visto gente que,
habiéndosele movido un poco,
se la vuelve a colocar correctamente.
Vivo en un mundo de gente encorvada,
pero nadie lo nota
porque todos viven de erguirse sobre alguien.
Vivo con gente que apaga la luz a las doce
y se marchita arrancando hojas al calendario,
pero se consuelan con otros
que ni siquiera saben
si estarán vivos al día siguiente.
Vivo rodeado de gente con sed,
mordiéndose constantemente los labios,
pero sólo cuando ya han comido.
Vivo subido a las palabras,
porque en ningún otro sitio
he encontrado casa.
Piedra, corazón del mundo (Antonio Orihuela)
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