viernes, 4 de enero de 2008

Confesiones de Arturo Barea (I)

“Llevaba días sin descansar, pero no podía dormir. Quería gritar a los generales que se llaman ellos mismos salvadores de país y a los diplomáticos que se llaman a si mismos salvadores del mundo, que vinieran a vernos. Yo los encerraría en estos sótanos de la Telefónica. Los pondría aquí, en estos jergones de esparto, húmedos de nieblas del invierno, y los haría vivir y dormir sobre un piso de cemento, entre mujeres hambrientas y trastornadas de histeria que han perdido sus casas, y que aún escuchan las bombas como queriendo romper el cemento que las protege. Los dejaría aquí muchos días para que se empaparan en miseria, que se impregnaran de sudor y piojos, y que aprendieran historia, historia viva, la historia de esta guerra miserable y puerca, la guerra de cobardías, de los brillantes sombreros de copa bajo los candelabros de Ginebra, la guerra de generales traidores asesinando a su propio pueblo, fría y cobardemente.”

Arturo Barea

jueves, 3 de enero de 2008

El poder. Reflexiones.

Llegas al poder. Lo alcanzas. Lo sientes. Lo saboreas. No tocas nada y lo dejas todo como está. Es realmente difícil cambiar las cosas, hace falta una situación propicia, no hay medios, no es el mejor momento. Entonces el poder te ha seducido. El dinero, la gloria, la fama fácil. El capital ha actuado, eres uno más. Mucho hablar, prometer, populizar, pero a la hora de la verdad nada. Nada de nada.

Llegas al poder. Lo alcanzas. Lo sientes. Lo saboreas. Intentas cambiar las cosas, lo que no te gusta, lo que está mal. Luchas por lo que prometiste, por el pueblo, por la sociedad. Es el momento de actuar porque la situación no da más de sí. El poder no te seduce, te seduce tener la capacidad de cambio, de mejora: ser el motor. El capital intenta actuar, pero lo aplacas, eres diferente. Ahora eres un dictador.

miércoles, 2 de enero de 2008

Salió a la calle

Salió a la calle. La muchedumbre que la transitaba la apartó enseguida del portal. Desorientada comenzó a caminar lentamente calle abajo.

Tiendas, bares, establecimientos. Gente. Caras frías, impersonales. Ojos hundidos, sombreros calados, paso apretado. Gente gris.

No quería recordar, al menos no ahora.

Se hundió en la silla de cualquier cafetería en un barrio cualquiera de ninguna parte. El café amargo y solitario no calmó su alma, o lo que sea que tuviese dentro. El segundo sólo consiguió ponerla más nerviosa aún y que comenzara a llorar. Pero allí nadie se preocupó de nada. En el fondo, agradecía pasar desapercibida, no existir.

Mientras el sol trataba de buscar un hueco por donde asomarse, ella volvía a caminar. Caminar le sentaba bien. Al poco rato alcanzó un parque, no muy grande, pero lo suficiente para echarse un rato. Estaba tan cansada…

Una gota de lluvia rozó su pequeña nariz. Al instante abrió los ojos y contempló los negros nubarrones que adornaban el cielo. Cuestión de segundos que empezara a diluviar. Echó a correr hasta alcanzar la calle, y atechándose bajo los soportales avanzó en busca de la cafetería donde había estado no hacía mucho. ¿Mucho? ¿Cuánto tiempo había dormido?

El destartalado local no aparecía por ningún lado, así que la recepción de un pequeño hostal le pareció un buen refugio hasta que amainara. Pensándolo mejor, no le vendría nada mal echar una cabezadita y terminar el sueño interrumpido en una cama de verdad.

martes, 1 de enero de 2008

Documento 1 (Variación segunda)

A veces las cosas nos sorprenden cuando menos nos lo esperamos; otras, en cambio, nunca llegan a sorprendernos por mucho que así lo pensemos.

Música alta, poca luz. La luna en lo alto, engañosa, brillante. En torno a mí se perfila la oscuridad de los objetos, inanimados, quietos. Documento 1 en la pantalla de mi ordenador. ¿El fin?

Érase una vez una chica, tímida, de tez sonrosada y ojos color de mar. Caminaba lentamente ensimismada a lo largo de la playa, justo donde las pequeñas olas mueren irremediablemente como un manto que se extiende y desaparece al instante. El agua apenas rozaba sus sandalias de cuero, endurecido por las tardes interminables junto aquel océano de misterios y de revelaciones. El horizonte, allá, infinito, se perfilaba tranquilo, anaranjado, ajeno a todo. Oscuro atardecer otoñal. Cada paso dejaba atrás una ligera huella rápidamente deshecha por la humedad. Cada paso era una idea más, floreciente en la pequeña cabeza de la joven de largos cabellos rizados, mecidos por la suave brisa.


Apartó la vista del horizonte y contempló las olas. Atenuadas, al parecer, por la noche, se perfilaban traicioneras, sedientas. Se detuvo. Un instante. Una decisión. Avanzó hacia ellas, desafiante. –No os tengo miedo- mintió. Primer paso, frío, viento, nubes en la bóveda celeste.

Segundo paso, escalofrío. Recuerdos, variados, inconexos. ¿Felicidad? Quizá. –No te tengo miedo- Dijo de nuevo. Cierto, poco importaba el miedo en aquel momento; mejor apartarlo. Mirada atrás. Más recuerdos, confesiones, risas, llantos, secretos, preocupaciones.

Tercer paso. Nada. El agua cubría ya la mitad de su frágil cuerpo. Sí; estaba decidida. Habiendo superado lo más difícil, poco quedaba por hacer, dejarse llevar.

Todo parecía demasiado fácil, volvieron. Volvieron los recuerdos y oyó su nombre, en tierra, cercano a ella. Se inquietó, pues nadie debía saber lo que estaba haciendo ni a dónde se dirigía. No respondió.

¿Sueños? Tal vez. Pero no ahora. La realidad se siente, y aquello era real. La habían descubierto.


-No puede ser cierto. Estás mintiendo. No. Es imposible. ¿Lo entiendes? No.- Atravesó la sala en dos grandes zancadas y abandonó la habitación con un sonoro portazo. ¿Qué le impulsó a tomar semejante decisión?

-No podrá hacerlo. Por favor, que no pueda hacerlo.- La vio, lejos. Gritó su nombre, pero la brisa deshizo sus palabras. Un segundo, el corazón se aceleró. Un instante, la mente en blanco. Comenzó a correr con todo su impulso y su rabia, desatada su furia interior, sin pensar, sin sentir.

Avanzaba veloz, adentrándose lentamente en la movediza arena, ausente. La incredulidad había dejado paso a la desesperación, verdadera fuente de conocimiento del ser humano. Sentía el profundo palpitar de la sangre en sus sienes, mientras continuaba imperturbable, salvando cada obstáculo oculto en la oscuridad.

Cada vez más cerca. Sentía su presencia, oculta ahora a su vista por la noche, dentro, en el mar. Al alcanzar la orilla pronunció de nuevo su nombre. Nadie contestó. Elevó el tono.

Tercer intento. Sabía que estaba ahí, en algún lugar. Se adentró algunos metros en él, y observó la luna, prácticamente oculta entre la bruma, un débil destello de claridad.

Un movimiento, cerca. Cuarta vez, un susurro.-Por favor-.


-No- dijo.-Vete, este no es tu lugar-

-Este es el lugar que hoy he elegido. No te vayas-.

-Las cosas no son tan simples-.

-Déjame ir, al menos-.

-Márchate… Te lo pido-.

-Sabes que no me iré-

Existe una tercera posibilidad: Que las cosas, por mucho que las pensemos, o que no las esperemos, tiendan, ciertamente, hacia algo. Ese algo, misteriosamente, siempre ha estado presente en nosotros, oculto, en lo más profundo de nuestro ser, y sólo aflora, como las ideas o los impulsos, en determinadas situaciones, momentos, circunstancias.

Comencemos. El principio aún nos espera.

Documento 1 (Variación primera)

Música alta, poca luz. La luna en lo alto, engañosa, brillante. En torno a mí se perfila la oscuridad de los objetos, inanimados, quietos. Documento 1 en la pantalla de mi ordenador. ¿El fin?

A veces las cosas nos sorprenden cuando menos nos lo esperamos; otras, en cambio, nunca llegan a sorprendernos por mucho que así lo pensemos.

Érase una vez una chica, tímida, de tez sonrosada y ojos color de mar. Caminaba lentamente ensimismada a lo largo de la playa, justo donde las pequeñas olas mueren irremediablemente, como un manto que se extiende y desaparece al instante. El agua apenas rozaba sus sandalias de cuero, endurecido por las tardes interminables junto aquel océano de misterios y de revelaciones. El horizonte, allá, infinito, se perfilaba tranquilo, anaranjado, ajeno a todo. Oscuro atardecer otoñal. Cada paso dejaba atrás una ligera huella rápidamente deshecha por la humedad. Cada paso era una idea más, floreciente en la pequeña cabeza de la joven de largos cabellos, rizados, mecidos por la suave brisa.

-No puede ser cierto. Estás mintiendo. No. Es imposible. ¿Lo entiendes? No.- Atravesó la sala en dos grandes zancadas y abandonó la habitación con un sonoro portazo. ¿Qué le impulsó a tomar semejante decisión? Nadie lo sabrá nunca…

Apartó la vista del horizonte y contempló las olas. Atenuadas, al parecer, por la noche, se perfilaban traicioneras, sedientas. Se detuvo. Un instante. Una decisión. Avanzó hacia ellas, desafiante. –No os tengo miedo- mintió. Primer paso; frío, viento, nubes cubriendo el cielo.

-No podrá hacerlo. Por favor, que no pueda hacerlo.- La vio, lejos. Gritó su nombre, pero la brisa deshizo sus palabras. Un segundo, el corazón se aceleró. Un instante, la mente en blanco. Comenzó a correr con todo su impulso y su rabia, desatada su furia interior, sin pensar, sin sentir.

Segundo paso, escalofrío. Recuerdos, variados, inconexos. ¿Felicidad? Quizá. –No te tengo miedo- Dijo de nuevo. Cierto, poco importaba el miedo en aquel momento; mejor apartarlo. Mirada atrás. Más recuerdos, confesiones, risas, llantos, secretos, preocupaciones.

Avanzaba veloz, adentrándose lentamente en la movediza arena, ausente. La incredulidad había dejado paso a la desesperación, verdadera fuente de conocimiento del ser humano. Sentía el profundo palpitar de la sangre en sus sienes, mientras continuaba imperturbable, salvando cada obstáculo oculto en la oscuridad.

Tercer paso. Nada. El agua cubría ya la mitad de su frágil cuerpo. Sí; estaba decidida. Habiendo superado lo más difícil, poco quedaba por hacer, dejarse llevar.

Cada vez más cerca. Sentía su presencia, oculta ahora a su vista por la noche, dentro, en el mar. Al alcanzar la orilla pronunció de nuevo su nombre. Nadie contestó. Elevó el tono.

Todo parecía demasiado fácil, volvieron. Volvieron los recuerdos y oyó su nombre, en tierra, cercano a ella. Se inquietó, pues nadie debía saber lo que estaba haciendo ni a dónde se dirigía. No respondió.

Tercera vez. Sabía que estaba ahí, en algún lugar. Se adentró algunos metros en él, y observó la luna, prácticamente oculta entre la bruma, un débil destello de claridad.

¿Sueños? Tal vez. Pero no ahora. La realidad se siente, y aquello era real. La habían descubierto.

Un movimiento, cerca. Cuarta vez, un susurro.-Por favor-.

-No- dijo.-Vete, este no es tu lugar-

-Este es el lugar que hoy he elegido. No te vayas-.

-Las cosas no son tan simples-.

-Déjame ir, al menos-.

-Márchate… Te lo pido-.

-Sabes que no me iré-

Existe una tercera posibilidad: Que las cosas, por mucho que las pensemos, o que no las esperemos, tiendan, ciertamente, hacia algo. Ese algo, misteriosamente, siempre ha estado presente en nosotros, oculto, en lo más profundo de nuestro ser, y sólo aflora, como las ideas o los impulsos, en determinadas situaciones, momentos, circunstancias.

Comencemos. El principio aún nos espera.